El canibalismo de la derecha

El canibalismo de la derecha
Martes, Marzo 31, 2026 - 08:45

El canibalismo de la derecha

Mientras la derecha se enfrenta por votos que ya tiene, descuida el terreno que define la elección. El adversario está al frente, pero el desgaste es interno. Y en política, ese error no se paga con argumentos: se paga con derrotas.

Hay peleas que fortalecen y hay peleas que destruyen. Lo que ocurre entre las campañas de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia no es una estrategia de crecimiento, sino un desgaste innecesario en el momento más determinante de la campaña. La derecha decidió pelear hacia adentro, y ese es el punto de partida de todo.

Durante semanas, la competencia natural por el liderazgo dejó de ser una disputa legítima para convertirse en una confrontación que no suma. Pullas, mensajes cruzados y lecturas de encuestas convertidas en argumento político han terminado por consolidar una dinámica que no amplía el bloque, sino que lo fragmenta. No importa si nace desde los candidatos o desde sus entornos: el efecto es el mismo. No crece, se divide, y cuando se divide, deja espacio.

Porque la elección no se está jugando dentro de la derecha. Ese voto, en gran medida, ya tiene una inclinación. La verdadera disputa está en otro lugar: en los maestros inconformes, en los trabajadores del sector petrolero incluidos los afiliados a la USO y en el votante de centro que hoy no encuentra una representación clara. Ese es el voto que define elecciones, pero no es el voto que están buscando.

Ese error no es menor. En elecciones recientes, ese mismo votante de centro ha sido el que termina inclinando la balanza en segunda vuelta, no por afinidad ideológica, sino por descarte. Así ocurrió en la reelección de Juan Manuel Santos y también en la elección de Gustavo Petro. Es un voto que no se conquista con peleas internas, sino con claridad, estabilidad y capacidad de representar una alternativa real.

Mientras deberían estar construyendo puentes hacia ese electorado, se están reforzando divisiones internas y reduciendo su margen de maniobra. En política, ese tipo de error no se queda en el plano discursivo: se traduce en pérdida de terreno, porque cada espacio que no se ocupa no desaparece; alguien más lo toma.

Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. Desde una campaña que se presenta como de centro, la ex canciller María Ángela Holguín, esposa del candidato Sergio Fajardo y figura del gobierno de Juan Manuel Santos, entró a golpear directamente a Juan Daniel Oviedo, fórmula vicepresidencial de Paloma. No es un gesto aislado: ocurre en un contexto donde la candidatura de Fajardo no logra consolidarse en las encuestas y donde, ante la falta de crecimiento propio, la estrategia pasa por intervenir el tablero.

No despegan, pero sí intervienen. Y la pregunta es inevitable: ¿a quién termina favoreciendo ese movimiento? La respuesta es evidente: a los sectores más cercanos a la izquierda, a quienes han impulsado acuerdos de paz fallidos, a quienes han contribuido a una lógica de anarquía institucional, a quienes atentan contra el sistema de salud o en contra de la fuerza pública, y a quienes conciben el control del Estado como un objetivo ideológico, no como una herramienta para superar la crisis.

Mientras desde afuera se debilita a quien intenta disputar el centro, desde adentro la derecha sigue enfrascada en su propia pelea, y ese error no lo está aprovechando cualquiera. Se está consolidando en un actor que entiende perfectamente el momento: el radical de izquierda, Iván Cepeda Castro, que ya alcanza niveles cercanos al 37% en intención de voto tras un crecimiento sostenido.

Ese dato no puede leerse de manera aislada. Es el resultado de una cadena que se repite con demasiada frecuencia: primero, la división interna; luego, los ataques externos; finalmente, el crecimiento del adversario real. Un proceso predecible, pero que sigue ocurriendo.

El círculo es evidente y la advertencia también. El adversario no está en la misma banca, está al frente. Sin embargo, hoy el mayor desgaste viene de quienes comparten el mismo lado. Se puede competir sin destruir, se puede diferenciar sin fracturar, pero para eso hay que entender algo básico: no tiene sentido herir a quien está sentado contigo cuando el partido se está jugando al frente.

Sean del tigre o de la paloma, están del mismo lado. Y en política, olvidarlo cuesta elecciones.

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