Por qué creo que David Luna debe ser presidente

Por qué creo que David Luna debe ser presidente
Martes, Enero 20, 2026 - 09:00

Por qué creo que David Luna debe ser presidente

Una mirada personal sobre el carácter, no sobre la consigna.
Martes, Enero 20, 2026 - 09:00

A David Luna yo no lo conocí en Bogotá ni en los salones donde la política se habla en voz baja y se decide en voz ajena. Lo conocí aquí, en Barranquilla, una ciudad donde las presentaciones duran poco y las personas se miden rápido. Aquí nadie pregunta de qué partido eres; aquí la pregunta es otra: cómo te paras en la vida. Y eso se nota enseguida, sobre todo cuando alguien llega sin libreto.

Lo digo así porque esta historia no arranca en un discurso ni en una tarima, sino en la experiencia. En ver cómo se mueve alguien cuando no hay cámaras, cómo escucha cuando no hay micrófonos y cómo se queda cuando no hay aplausos. Barranquilla, río metido en el mar y puerto abierto, es un buen lugar para eso: esta ciudad no se traga personajes.

David Luna y yo no somos amigos; no hay confianza de sobremesa larga. Pero sí he compartido con él en esta ciudad que no se parece a ninguna otra, donde el político o el empresario puede sentarse junto al vendedor o al ciudadano de a pie a ver un desfile de Carnaval o un partido de la Selección Colombia y celebrarlo sin distancias, como si fueran conocidos de vieja data. En ese compartir cotidiano, sin poses ni protocolos, he visto algo poco común en la política: coherencia entre lo que se dice y la manera como se actúa y se vive. Y eso se nota aquí, porque Barranquilla es directa, curiosa y tiene olfato fino para detectar al impostor.

Por razones profesionales he tenido cercanía con su suegro en Barranquilla y he visitado su casa un par de veces; eso también dice algo. No porque me ubique a mí en su entorno personal, sino porque me ha permitido ver de cerca cómo se mueve cuando no está de visita. Porque una cosa es pasar y otra es estar. Para David, tener vínculos familiares con la ciudad cambia la manera de mirar y de moverse: no llega como político en gira, sino como alguien que entiende el ritmo de la ciudad, el saludo sin protocolo y la conversación que no tiene prisa. Aquí se le ha visto caminar normal, hablar sin guion y escuchar sin reloj.

Aquí, por ejemplo, a Luna no lo llaman por el cargo ni por el apellido completo. Aquí es, sencillamente, el Cacha. No es burla ni caricatura. Es bautizo social. Es la forma en que esta ciudad adopta al que viene de afuera cuando deja de ser visitante y empieza a ser parte del paisaje humano. El apodo no lo pone la prensa, lo pone la esquina. Y la esquina, casi siempre, acierta.

En política, pocas razones pesan tanto como saber quién es alguien cuando deja de actuar. Y esa pregunta, la del carácter, no es menor cuando se mira el país que somos hoy.

El Cacha no es el político de la gritería ni del puño al aire. Es de los que miran primero y hablan después. Y en una tierra donde sabemos distinguir entre el que habla duro y el que habla claro, eso se valora.

Durante años, el debate público en Colombia ha premiado el ruido por encima del argumento y la confrontación por encima del método. El país ha vivido entre extremos y liderazgos personalistas. El resultado ha sido cansancio ciudadano, polarización permanente y un Estado que muchas veces avanza más lento de lo que la realidad exige. Por eso, decir hoy que la serenidad también es una forma de coraje político no es romanticismo, es necesidad.

Si hay un rasgo que se repite cada vez que uno lo observa en corto y que explica buena parte de por qué hoy puede ser leído como una opción presidencial es este: No es frialdad: es método. No es distancia: es cabeza fría. Y la cabeza fría, en este país caliente de pasiones, es una virtud subestimada, no como rasgo de personalidad, sino como condición indispensable para gobernar un país cansado del ruido y de la improvisación.

Aquí, en Barranquilla, uno aprende temprano que el que habla mucho suele escuchar poco. Llevado al plano nacional, ese aprendizaje se vuelve una necesidad: Colombia necesita decisiones pensadas, no reacciones viscerales; conducción, no espectáculo. En los espacios donde he compartido con Luna, lejos de cámaras y tarimas, eso se nota. No interrumpe para lucirse ni dispara frases para ganar aplausos. Escucha, pregunta y se queda. 

 ¡Únete a nuestro canal de WhatsApp y recibe las noticias al instante! ►▓▓◄

Incluso en Carnaval, ese momento en el que se caen las máscaras, no se quedó mirando desde la tarima. Se metió en la fiesta, se mezcló y se dejó llevar. Y aquí eso pesa. Porque Barranquilla no respeta al que viene a actuar; respeta al que se integra. El que entiende que esta ciudad no se explica, se vive.

Por eso creo que David Luna debe ser presidente. No desde la épica ni desde el fanatismo, sino desde la observación. Desde la convicción de que ese carácter, visto de cerca y sin escenario, es el que hoy necesita la Casa de Nariño. Porque Colombia necesita menos políticos de micrófono y más líderes con criterio y método.

Estamos a menos de dos meses de una consulta decisiva y el país no está sobrado de tiempo ni de opciones. Por eso, más que consignas o entusiasmos de momento, vale la pena detenerse y mirar con atención a quienes ofrecen carácter, serenidad y método. A veces, la urgencia no está en correr detrás del ruido, sino en no dejar pasar a quien puede gobernar mejor.

 

Lee más noticias haciendo clic. REDPRENSA

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de REDPRENSA, del Editor o su consejo directivo.