Crecer también es dejar de pedir permiso para ser

Crecer también es dejar de pedir permiso para ser
Viernes, Febrero 20, 2026 - 11:00

Crecer también es dejar de pedir permiso para ser

Viernes, Febrero 20, 2026 - 11:00
Crecer suele asociarse con dejar atrás la infancia. Sin embargo, el verdadero tránsito hacia la adul

Crecer suele asociarse con dejar atrás la infancia. Sin embargo, el verdadero tránsito hacia la adultez podría no estar en el abandono, sino en la capacidad de dejar de depender de la mirada ajena para definir quiénes somos.

En la columna anterior hablábamos del olvido como parte inevitable del crecimiento, de esa manera silenciosa en que, al avanzar, dejamos atrás ciertas formas de mirar el mundo. Dejar de ver con los ojos de la infancia no ocurre de golpe; sucede lentamente.

En contexto lea. A VECES CRECER TAMBIÉN SIGNIFICA OLVIDAR

Pero si crecer implica dejar atrás cierta forma de ver, tal vez el tránsito hacia la adultez no consista en abandonar la infancia, sino en dejar de depender de la mirada ajena para definir quién se es.

Desde muy temprano aprendemos a medirnos en función de los otros. La aprobación inicial proviene del entorno que nos forma; más adelante, de cada nuevo espacio al que pertenecemos.

A medida que el círculo se amplía, también lo hace la necesidad de encajar. Y en ese proceso silencioso, corremos el riesgo de alejarnos de lo que somos en esencia para convertirnos en el reflejo de expectativas ajenas.

La infancia no desaparece: se repliega. Permanece como una intuición, como una voz que alguna vez supo mirar el mundo sin filtros. Sin embargo, al crecer comenzamos a sustituir esa brújula interior por referencias externas.

Buscamos señales, esperamos validación, ajustamos nuestra manera de ser para responder a lo que se considera correcto o suficiente.

La madurez comienza cuando la aprobación deja de ser externa y se convierte en una convicción interna. Cuando el reconocimiento ya no depende del aplauso o la aceptación de los otros, sino de una certeza más íntima. Es el momento en que dejamos de preguntarnos si estamos siendo suficientes para el mundo y empezamos a preguntarnos si estamos siendo honestos con nosotros mismos.

En una época donde la validación se mide en cifras visibles, esta necesidad adquiere una dimensión distinta. Las redes sociales han convertido el reconocimiento en un indicador cuantificable: un “me gusta”, un comentario, una visualización. Sin darnos cuenta, podemos empezar a asociar nuestro valor con ese reflejo digital. A veces, un me gusta parece tener más peso que un me gusto, y en esa comparación silenciosa la autoestima puede volverse dependiente de una respuesta inmediata y externa.

Cuando ya no necesitamos ser el reflejo de lo que se espera, sino la expresión de lo que somos, algo cambia. La identidad deja de adaptarse a la expectativa constante y comienza a afirmarse desde adentro. No se trata de ignorar la mirada de los otros, sino de no permitir que sea la única que nos defina.

Tal vez integrar la infancia no signifique volver atrás, sino reconciliarnos con esa parte que supo mirarse sin comparación ni juicio. Crecer no tendría que ser una renuncia a lo que fuimos, sino una forma más consciente de habitar lo que somos, sin pedir permiso para existir.

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