Barranquilla — Los Cantores Killeros llevaron este sábado 31 de octubre su desfile de Halloween al Gran Malecón del Río, con los niños en primera fila de una celebración de disfraces, dulces y letanías. La jornada reunió a familias alrededor de una tradición que nació en una salida para pedir golosinas.
Los pequeños llegaron acompañados por sus familias y se sumaron al recorrido con sus disfraces. Allí recibieron dulces de los integrantes del colectivo, que volvieron a encontrarse con el público en una celebración donde Halloween comparte espacio con una forma barranquillera de contar historias: las letanías.
En vez de quedarse únicamente en los disfraces y las bolsas de dulces, el desfile puso en escena una de las señas de identidad de los Cantores Killeros. Sus versos recurren al humor, la picardía y las situaciones cotidianas para convertir lo que pasa alrededor en material de relato.
Las letanías tienen una estructura reconocible: una persona recita los versos y un coro responde. La rima permite comentar personajes y acontecimientos con humor y crítica, dentro de una tradición oral vinculada al Carnaval de Barranquilla. Esa forma de expresión acompañó la jornada en el Malecón.
También estuvieron Isabella Daes García, reina del Carnaval de los Niños 2027, y Pedro Fandiño Camelo, rey Momo infantil. Sus presencias acercaron el desfile a la monarquía carnavalera y sumaron otro vínculo con las fiestas que cada año tienen a los niños entre sus protagonistas.
El encuentro tuvo así dos hilos que se cruzan: Halloween, con sus disfraces y dulces, y una tradición local que se expresa con versos. Para entender por qué los Cantores Killeros mantienen a los pequeños en el centro, hay que volver al comienzo de esta historia familiar.
Una salida familiar que se volvió desfile
La historia comenzó en 2010, cuando Guillermo Rubio y un grupo de amigos salieron con sus hijos a pedir dulces por los alrededores del parque de la Electrificadora. La idea comenzó con padres, niños y un recorrido de barrio propio de Halloween.
En aquella primera experiencia aparecieron las improvisaciones y los versos que después dieron forma a la iniciativa. Los participantes empezaron a crear letras con picardía costeña y referencias a situaciones cotidianas. Con el tiempo, aquella salida entre conocidos fue sumando personas y tomó identidad propia.
El crecimiento cambió la escala del encuentro, pero no borró la imagen de los niños caminando junto a sus padres. Ese origen sigue presente en la celebración: los pequeños no aparecen como espectadores de una actividad ajena, sino como parte de la historia que puso en marcha al colectivo.
También cambió el sentido de la búsqueda de dulces. Al principio, los adultos y sus hijos recorrían las calles y las casas para pedirlos. Ahora, en el desfile del Gran Malecón, son los integrantes del colectivo quienes los comparten con los niños y las familias que llegan.
El intercambio conserva algo del primer recorrido, aunque la dirección sea distinta. Antes tocaban puertas para recibir golosinas; ahora los Cantores salen al encuentro del público para entregarlas. En esa vuelta está una parte de la historia del grupo: una costumbre familiar que se convirtió en celebración colectiva.
Las letanías mantienen otro hilo de continuidad. Desde las improvisaciones de sus comienzos, los versos han servido para incorporar humor y comentarios sobre la vida cotidiana. En el desfile, esa expresión acompaña una actividad pensada para compartir con nuevas generaciones, sin perder la marca oral del colectivo.
El Carnaval de Barranquilla tiene grupos de letanías en los que un solista recita y un coro responde. La fórmula combina rima, humor y referencias a la actualidad. En los Cantores Killeros, esa tradición se encuentra con una celebración de Halloween que conserva el vínculo con los niños.
El desfile también conecta generaciones por una razón sencilla: la iniciativa comenzó con los hijos de sus fundadores y hoy vuelve a convocar a niños y adultos. La celebración mantiene esa relación familiar mientras las letanías ponen en circulación una manera popular de narrar lo que ocurre.
En esa mezcla está el sello de la jornada: los disfraces pertenecen a Halloween, los dulces recuerdan la salida de puerta en puerta y las letanías llevan al desfile una tradición barranquillera. No son elementos separados, sino partes de una misma historia que creció con el colectivo.
Para esta edición, la organización anunció una convocatoria cercana a 2.000 participantes, alrededor de 100 cantores y la entrega de 500.000 dulces. Esas cantidades fueron presentadas antes del desfile como proyecciones; no son un balance definitivo de asistencia ni de dulces efectivamente repartidos.
En el Gran Malecón, la escena volvió a reunir a niños disfrazados, familias y Cantores Killeros alrededor de los versos y los dulces. La salida que comenzó hace años entre padres e hijos encontró otra escala, pero mantiene a los pequeños en el centro de la celebración.









