El otro desfile del Carnaval

El otro desfile del Carnaval
Miércoles, Marzo 18, 2026 - 23:30

El otro desfile del Carnaval

Cuando la música se apaga, la Vía 40 no queda en silencio: entra otro desfile. El de las escobitas que sostienen el Carnaval mientras una de ellas ensaya, entre escobas, una canción de amor que aún no se atreve a decir.

Ella no la canta en voz alta. La va diciendo por dentro, como si la probara antes de soltarla. Mientras empuja la escoba sobre el asfalto de la Vía 40, mueve apenas los labios y repite el coro de Chévere para ver si le sale natural y se atreve.

Dice la canción que no es pa’ un rato, y ella, mientras barre, piensa en él, en su tiburón. Está tragada, y lo que siente, lo sabe, tampoco es pa’ un rato: es pa’ siempre.

La escoba raspa el pavimento y arrastra plástico, maizena, espuma seca y restos de lo que, horas antes, fue la Batalla de Flores del Carnaval de Barranquilla. El calor sigue pegado al suelo, mezclado con el olor a cerveza derramada y polvo húmedo. A su alrededor, la Vía 40, el Cumbiódromo, aún no termina de quedarse en silencio: la música persiste, dispersa, entre botellas que ruedan y pasos que se alejan.

La fiesta no termina: se deshace. Sobre el asfalto queda el rastro, vasos aplastados, cartones húmedos, bolsas abiertas, y en ese punto en que la música se apaga y la basura aparece, entra el otro desfile.

No trae carrozas ni canciones completas: una fila de escobitas se toma la vía y se mueve alineada, empujando carritos y barriendo al mismo ritmo, ocupando el mismo espacio por donde hace un momento desfiló la fiesta. Las cerdas golpean el suelo en un compás seco y parejo, y el barrido arma una coreografía involuntaria que nadie aplaude. Ella no levanta la mirada; sigue en lo suyo y, sin darse cuenta, ya hace parte de él.

El trabajo pesa: los brazos arden, las manos sudan dentro de los guantes y la espalda se inclina y vuelve una y otra vez, mientras el asfalto guarda el calor del día. Detrás, las volquetas se llevan en minutos lo que tomó horas producir. Antes de que la ciudad vuelva a empezar, no debe quedar rastro.

El Carnaval termina cuando empiezan las escobas.

Horas antes, en ese mismo lugar, la historia era otra. Entre las comparsas de la Batalla de Flores avanzó una distinta: la de las escobitas de la empresa Triple A. Representaban la expresión viva del Carnaval: el oficio que lo sostiene. Vestidas de colores y con coreografías ensayadas, por unos minutos ocuparon el centro de la fiesta, con aplausos y cámaras siguiéndolas.

Pero quienes ahora limpian no llevan brillo ni reciben aplausos: la comparsa lo representa; ellas lo hacen.

La pelada sigue barriendo y la canción vuelve, pegada al ritmo de las manos y al movimiento de la escoba; ya no la ensaya, la sostiene. A ratos, entre un empujón y otro, vuelve a pensar en él.

Mientras barre, la está diciendo de verdad, a él, a su traga.

Por un instante, mientras empuja un montón de botellas aplastadas, la avenida cambia de forma: donde hay residuos aparecen luces; donde hay basura, gente mirándola, y la canción suena completa. No la baila para nadie; la baila para ella en un paso corto, casi invisible.

Cuando cae la noche, la avenida queda lista, sin rastros visibles de lo ocurrido horas antes; la ciudad respira y el espacio queda preparado para empezar de nuevo. Y ella, tal vez mañana, se atreva y diga la canción en voz alta, porque está tragada.

Por ahora, sigue barriendo.

El Carnaval se repite porque alguien lo recoge y, cuando todo termine y la música vuelva, ese desfile entrará de nuevo con el mismo ritmo: el de las escobas.

Y ahí estará ella, probando otra vez la canción por dentro, a ver si le sale y se atreve.

Y no está sola: durante el Carnaval, es una de las más de 1.600 personas que limpian la ciudad. Cada jornada deja cientos de toneladas de residuos y, en medio de esa marea, también se recupera lo que puede tener otra vida: en este 2026, más de 42 toneladas entre plástico, aluminio y cartón.

Ahí ocurre la sostenibilidad del Carnaval: en lo que se recoge, en lo que se separa y en lo que desaparece para que todo pueda volver a empezar, porque parte de esos materiales vuelve a circular. Plástico, cartón o aluminio que pueden transformarse en nuevos usos, incluso en elementos del propio Carnaval, como máscaras, vestuarios o piezas de producción que regresan a la fiesta en otra forma.

Mientras barre, ella lo entiende sin decirlo: lo suyo no es solo limpiar, es permitir que todo vuelva a empezar. Que lo que hoy es residuo, mañana vuelva a la fiesta.

Y en ese ir y venir, entre lo que se va y lo que regresa, también está lo suyo. Por eso tal vez mañana, cuando la música vuelva, ya no ensaye la canción, sino que se la diga a él, por fin, en voz alta.

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